
El gran desafío para este nuevo milenio en el que nos hemos adentrado será la salud mental. Ya lo sabíamos. Pero, poco a poco, el panorama se va apuntalando, conociendo cuáles habrán de ser las prioridades.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya lo anunció en su día: una de cada cinco personas llegará a desarrollar un cuadro depresivo en su vida. Pero es que este número crecerá si concurren otros factores. Según los informes de la OMS, en 2020, la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo desarrollado.
En el mundo, la incidencia de esta enfermedad es hasta dos veces más alta en las mujeres que en los hombres y los especialistas aseguran que la depresión afecta cada vez más a los jóvenes. De los más de 300.000 millones de euros anuales que se presupuestan en Europa para el tratamiento de las enfermedades mentales, casi la mitad -120.000 millones de euros- se invierten en tratar la depresión y sus efectos.
Una gran parte de este dinero se va en "gastos indirectos". El impacto de la depresión implica aspectos tanto económicos, como sociales y educativos. La depresión es un factor desencadenante de baja médica, jubilación anticipada o de pensión por invalidez lo que conlleva a una pérdida de productividad. Este padecimiento supone el 12 % del total de las enfermedades entre los trabajadores de la UE y de seguir creciendo al mismo ritmo, la próxima década alcanzará el 15 % de la discapacidad ajustada en años de vida perdidos por padecer este mal.
Hay estaciones más propicias a la melancolía y a la depresión que otras. El invierno, es nefasto. La falta de luz, lo corto que se vuelven los días, el frío y el cambio de año hacen que el40 por ciento de los casos de depresión que se registran en estas fechas sea de tipo estacional, es decir, la que se presenta en personas que cíclicamente cada dos o tres años tienen un episodio mayor que coincide con el otoño-invierno, pero en primavera-verano están bien.
Fuente: Solidaridad Digital